Desde fines del siglo XIX van apareciendo las canciones compuestas por nuestros primeros trovadores, los cuales utilizaron, desarrollaron e incluso crearon algunas formas o géneros musicales dentro del marco general de la canción. Uno de ellos: el bolero. Con la Trova Cubana resurge este término, ahora con características propias, para designar a una música unida siempre a textos y concebida eminentemente para ser cantada y a través del canto, expresar sentimientos e incluso criterios y conceptos acerca de la vida en general y del amor muy en particular.
La pieza titulada ‘Tristezas’, de Pepe Sánchez es el primer bolero cubano que reporta la historia, el cual no se parecía en nada a aquel llamado ‘bolero español’ cuya presencia data en Cuba desde el siglo XVIII, junto a otras manifestaciones de igual origen, como fandangos y seguidillas, entre otras varias. Ni es siquiera una modificación de aquél.
Los primeros boleros adoptaron la forma, o la estructura, de la canción, con dos partes o períodos musicales, casi siempre separados por una parte instrumental e incorporan al acompañamiento en la guitarra –y en ocasiones a la melodía- un elemento rítmico muy característico de nuestra música: el cinquillo cubano, adoptado también por el danzón y característico de éste, en el toque de las pailas.
Los más importantes compositores de la Trova Tradicional compusieron una buena cantidad de piezas con este ritmo. Durante esa etapa, que abarca las primeras décadas del siglo XX, se puede particularizar a este género con fisonomía propia, dada especialmente por la presencia del cinquillo, constituyéndose un ritmo que fusionó perfectamente elementos hispánicos y africanos. Se puede hablar con propiedad de un bolero tradicional o trovadoresco diferente al que años más tarde sería más difundido y reconocido internacionalmente.
Durante el auge del son y el apogeo del danzón, este bolero tradicional es parcialmente relegado por éstos, pues al no ser de carácter eminentemente bailable, no es asimilado por los nuevos sextetos y septetos soneros ni por las orquestas típicas o charangas. No obstante, hay que aclarar que durante esos mismos años, continuó desarrollándose la obra de los trovadores cubanos, que interpretaban desde sus guitarras y voces, algunas de las más bellas canciones de nuestra historia, entre ellas, no pocos boleros.
En esta época, en la que prevalecían las manifestaciones bailables, algunos compositores, ya no guitarristas sino pianistas, comienzan a componer boleros que poco a poco van diferenciándose de los primeros. El piano, con más posibilidades expresivas que la guitarra, da la posibilidad de, manteniendo el cinquillo como figura rítmica en la mano izquierda, introducir giros melódicos de otro tipo, que finalmente prevalecen sobre el ritmo rígido del cinquillo, hasta finalmente hacerlo desaparecer por completo. También influyó en su desaparición, la musicalización de versos, pues resulta más fácil para ello una mayor libertad, sin ataduras demasiado fuertes a una base rítmica. La canción que sintetiza este proceso: ‘Aquellos ojos verdes’, es una música de Nilo Menéndez con texto de Adolfo Utrera.
La paternidad –o más bien la nacionalidad- de este bolero ha sido cuestionada. Muy especialmente en México, ha sido y sigue siendo, un ritmo muy difundido y gustado, y se ha señalado a dicho país como gestor de esta manifestación musical. Lo que sí no deja lugar a dudas es que algunos grandes compositores mexicanos, como Agustín Lara o María Grever, han contribuido mucho a este género y a su aceptación a escala internacional y es innegable que su obra ha influido en los compositores cubanos que les sucedieron. Pero no debe ponerse en duda que los boleros de nuestros creadores deben igualmente haber ejercido una notable influencia en la obra de autores mexicanos y de otros países.
No es posible hablar de boleros sin aludir a sus letras, eminentemente amorosos, intimistas. Se declaran los más tiernos sentimientos amorosos o se expresa el desengaño, en un lenguaje directo y sencillo, cuyos textos a veces han sido repetitivos o simplistas en extremo. El bolero, ya convertido en pieza bailable, fue llevado a las agrupaciones orquestales de todo tipo y resultó todo un éxito al permitir a la pareja un respiro, bailando un aire más lento, entre una y otra pieza más movida.
Sería imposible mencionar a algunos de los más importantes autores de boleros sin omisiones, no obstante, se destaca la obra de René Touzet, Juan Bruno Tarraza, Orlando de la Rosa, Felo Bergaza, Pedro Junco, Luis Marquetti, Isolina Carrillo y Juan Arrondo, entre otros injustamente omitidos en aras de no hacer interminable esta relación. Estos sin olvidar que músicos como Adolfo Guzmán, Ernesto Lecuona, Gonzalo Roig o Jorge Anckerman, cultores de canciones más cercanas al género lírico, también compusieron hermosos boleros, o fueron, finalmente, cantadas a ritmo de bolero.
Otro momento de suprema importancia para este género musical fue la aparición del feeling –o filin, en cubano-. Igualmente intimista, el filin fue un movimiento que a partir de la canción, influyó en casi toda la música popular cubana. Sus iniciadores parten nuevamente de la guitarra para hacer sus composiciones con influencias del blues y el jazz, pero enraizados también en la tradición trovadoresca. El movimiento del filin, junto a sus creadores, nucleó a algunos de los mejores y más actualizados arreglistas y músicos de entonces, quienes se reunían junto a los trovadores en sus habituales descargas. Muchas de las canciones del filin fueron interpretadas como boleros a partir de excelentes arreglos orquestales con conceptos y armonizaciones de vanguardia.
Junto a José Antonio Méndez y a César Portillo de la Luz, que son los más conocidos, hay que mencionar también a Martha Valdés, Ángel Díaz, Ñico Rojas, Rosendo Ruiz Quevedo, Tania Castellanos y el ‘Niño Rivera’, entre los más importantes creadores de este movimiento.
Los más destacados intérpretes de la música popular cubana incluyeron boleros en su repertorio. Entre los grandes intérpretes de este género musical están Benny Moré, Panchito Riset, Ñico Membiela, Orlando Vallejo, Olga Guillot, Fernando Álvarez, Gina León, Tito Gómez, Roberto Faz, Pacho Alonso, Roberto Sánchez, Omara Portuondo, Elena Burke y tantos otros.
El bolero tuvo –y tiene- también un acercamiento, una suerte de fusión con otros ritmos cubanos. El bolero-son, el bolero-mambo, el bolero-chá, son ejemplos de la unión del bolero con estos géneros. Inicialmente, se tomaba un tema, concebido originalmente como bolero y se añadían elementos ritmáticos de otros, pero se llegaron a componer piezas ya pensadas, preconcebidas originalmente a partir de la fusión entre los géneros musicales.Adolfo Costales